Trabajo sexual autónomo, ¿combatiendo al capital?*

Carolina Dupraz

Trabajo sexual autónomo, ¿combatiendo al capital?* <br> <p class="autor"> Carolina Dupraz </p>

Ilustración: Ramiro Rosende

 

 

*(Comentario a partir del texto de Georgina Orellano, “Mi cliente el montonero”).

Mártires o prostitutas: antes muertas que “vendidas”.

Dos mujeres se encuentran frente a la posibilidad de sacar algún provecho del deseo que sus cuerpos generan en los hombres. Una en la dictadura de los ‘70, la otra en la democracia de la era macrista. Una detenida desaparecida, la otra en la calle a plena luz del día. ¿Qué tienen en común Miriam Lewin y Georgina Orellano?

Para el imaginario que construye el sentido común, esa moral que no es sólo la de las señoras y los señores decrépitos, sino que también late en alguna zona oscura de nuestras cabecillas progres y libertarias a la hora de distinguir lo heroico de lo abyecto, lo peor que le puede pasar a una mujer es ser puta. Desarrollemos.

Miriam Lewin estuvo detenida en Virrey Cevallos y en la ESMA y fue acusada de colaboracionista incluso por sus propios compañeros. El ojo crítico ciudadano, siempre listo para echar su lágrima ácida sobre lo que ve de afuera, la miró con la desconfianza con la que se suele mirar a los sobrevivientes. ¿Qué hiciste vos para estar acá? En el libro Putas y guerrilleras (2014), del que es coautora junto con su compañera y amiga Olga Warnot, relata una vez en la que fue invitada al programa de Mirtha en la fecha del aniversario del Golpe y la conductora, con el conocido recurso de hablar en nombre de “la gente”, le preguntó si durante su detención “salía” con el Tigre Acosta. Legrand no habló de abuso sexual, no habló de intemperie civil ni de reducción de los derechos y la voluntad a un número más chico que cero: dijo “salías”, como si se tratara de un romance, una aventura, en cualquier caso algo que sugiere libertad de acción y juego. Al respecto, dice Lewin:

“Ellos eran nuestros dueños absolutos. No quedaba resquicio alguno para nuestro libre albedrío. ¿Pero si hubiera existido? Si la mirada lasciva de ellos sobre nuestros cuerpos hubiera sido usada por nosotras como un arma en su contra, un resquicio de fortaleza en nuestra extrema indefensión, ¿hubiera sido correcto condenarnos socialmente? Como mujeres, la utilización de nuestros cuerpos o el deseo que despertamos en el otro como instrumento de manipulación o de salvación es condenable. No pasa lo mismo con los hombres.” (Warnot y Lewin, Putas y guerrilleras, p. 9).

Georgina inicia su texto con una cita oportuna de este libro. Oportuna porque su cliente fue detenido, desaparecido y torturado en el mismo contexto. Una línea histórica que conecta dos juicios según una misma moral. En el presente, también sobreviviente, es un hombre que paga por tener sexo con una mujer a la que inmediatamente cuestiona por el ejercicio de esa actividad: “¿Nunca pensaste en dedicarte a otra cosa?”.

¿Se pregunta este hombre por qué paga? La que indaga es la protagonista, esta mujer a la que acaba de llevar a su casa, y su respuesta es naturalizar la situación: “estoy grande para andar haciéndome el novio”. Entonces, no da vueltas: contrata a una prostituta.

En la construcción social e histórica de la masculinidad, el impulso sexual aparece irrefrenable, urgente. Quien así ejerce su virilidad da cuentas de buena salud. Pero no podemos dejar de notar que el trato con los dos personajes indispensables para este intercambio no es parejo. Así lo señala Gail Petherson en una cita que retoma Virginie Despentes para su iluminadora y aliviante Teoría King Kong: “Se define a aquellas o aquellos que piden dinero a cambio de servicios sexuales como ‘prostitutas’, un estatuto ilegítimo o ilegal, mientras que aquellos que pagan por el sexo son raramente diferenciados de la población masculina en general” (p. 30). Ellas, putas o víctimas; ellos, alegres varones sexuados.

 

Volviendo a Lewin, el problema no es sólo que haya sobrevivido gracias a alguna supuesta transacción dudosa, sino que, siguiendo la mitología del rumor, haya podido sobrevivir a cambio de servicios sexuales. Ensuciar su cuerpo, corromperse moralmente para compartir la cama con un dictador, aun cuando el precio/la recompensa sean su libertad y su vida. Si el sobreviviente es intuido como un traidor, la mujer además carga con el plus de ser una puta. Doblemente culpable.

 

“Existimos”. Abolir o regular.

Orellano, por su parte, opta por hacer del deseo su ocupación: obtiene una remuneración económica por los servicios que brinda. Y así, el relato comienza con la representación de una trabajadora. Más en detalle, vemos a una trabajadora autónoma, jefa de sí misma, que decide hasta dónde extender su jornada, fija objetivos que cumple según su propio criterio, opta por horas extras y se lleva un dinero a su casa al final del día, mientras fantasea con la idea del descanso, la cena, el hijo. En el caso de las trabajadoras sexuales, la afrenta social radica en la elección voluntaria. El morbo del disfrute por un trabajo que debería revolverles el estómago. Sin embargo, la que vemos aquí es una mujer satisfecha, orgullosa. Independiente.

En la realidad, existe un debate fuerte sobre la legitimidad y las implicancias de comprender la venta de un servicio sexual como un trabajo. Sin extendernos demasiado, esquemáticamente diremos que hay quienes creen que las mujeres que se encuentran en esta situación son siempre obligadas y explotadas: equiparan esta actividad con la trata, indiscutiblemente repudiable, y solicitan al Estado que se ofrezcan alternativas laborales, con el objetivo final de abolir de la faz de la tierra el ejercicio de la prostitución. Otra parte aboga por la regulación, es decir, la obtención de un reconocimiento legal que garantice condiciones dignas y seguras. El problema reside en que mientras se demora en saldar esta discusión, que enfrenta dos dimensiones cronológicas –el presente inmediato y el futuro ideal-, la realidad cotidiana de estas mujeres continúa en modo espera. Y para tomar una posición sobre el tema, qué mejor que escuchar las opiniones en primera persona.

Tras mucha agua corrida bajo este puente, en el último Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario el año pasado, se concretó el primer taller sobre trabajo sexual y el pasado 8 de marzo se incluyó por primera vez a las trabajadoras sexuales en el documento de la Marcha. “Existimos”, dijeron en la Asamblea, que tras años de discusión decidió avanzar en el reconocimiento, no sin voces disconformes.

El principal argumento de la corriente abolicionista sostiene que las mujeres en situación de prostitución no están decidiendo libremente: están oprimidas, cuando no por un proxeneta, por el capitalismo y el patriarcado, planteo con el que podríamos compartir algunas cosas. El capitalismo mercantiliza todas las relaciones, incluyendo la conversión del cuerpo femenino en un producto, horadando lo más profundamente humano, haciendo mediar el dinero en un intercambio -el sexual- que, para algunos, debería estar exento de “profanaciones” materiales. El patriarcado por su parte cosifica, coloca a la mujer en un plano inferior y la somete, la deja a merced del deseo del varón, ante el cual aparece como un mero instrumento de satisfacción, sin lugar para su subjetividad. Hay algo en estas interpretaciones que iguala prostitución con violación: una relación desigual, en contra de la voluntad de una de las partes, sometimiento, humillación, reducción, violencia. Así de hecho se manifiesta en la conciencia de este cliente: Sentían que la violación, que tan personalmente los afectaba, era comparable a la prostitución”.

Pero, ¿es que estas mujeres no pueden decidir? ¿O el problema radica en que quizás no estemos de acuerdo con su decisión, porque no la elegiríamos para nosotras/os?

Respecto de la violación, Despentes dice algo inesperado y lúcido:

“La violación es un programa político preciso: esqueleto del capitalismo, es la representación cruda y directa del ejercicio del poder. Designa un dominante y organiza las leyes del juego para permitirle ejercer su poder sin restricción alguna […]. El goce al anular al otro, al exterminar su palabra, su voluntad, su integridad” (p. 23).

Según esto, lo equiparable en realidad es la violación a la dinámica del capitalismo, la que experimentamos todas y todos diariamente en nuestros trabajos, ante nuestras posibilidades, limitadas siempre por el lugar que nos tocó en esa estructura. En ese sentido, el trabajo sexual por elección, autónomo, autogestionado, en condiciones legales y sanitarias óptimas, no puede estar más lejano de la violación y constituye, en realidad, un modo de resistencia y de empoderamiento frente a la explotación y la humillación que el capitalismo derrama en todos los trabajadores en general y, sumando el filtro patriarcal, en las mujeres en particular. Se trata de mujeres dueñas de su voluntad, que eligen como trabajo la oferta de un servicio sexual, por las razones que sean, a cambio de un salario, y que demandan del Estado lo que espera cualquier trabajador: condiciones laborales justas.  

¿Es esto una apología de la prostitución? ¿La última locura feminazi es obligarnos a todas a pedir plata cada vez que tengamos sexo? No: lo que el feminismo defiende es el derecho de cada mujer y cada hombre de elegir libremente lo que quiere para sí.

¿Cuál es la manera socialmente aceptable para una mujer de responder al deseo masculino, permanentemente manifestado? Evidentemente no la prostitución. Pero sepámoslo: algunas deciden hacer de ese deseo una fuente de ingresos, un oficio. El “oficio más antiguo del mundo”, que todavía no tiene un marco legal regulatorio, que sigue estando en las sombras, y por el que se las detiene a ellas, todos los días, en diferentes esquinas de 18 provincias donde permanecen vigentes los edictos contravencionales sancionados en dictadura, que criminalizan el uso del espacio público para la oferta de servicio sexual.

El argumento del proxenetismo y de la trata está directamente ligado a esta ilegalidad. Si no se reconoce abiertamente la demanda de trabajo sexual, si el acceso a los clientes se convierte en una complicada operación clandestina, las trabajadoras deben recurrir a alguien más poderoso: pierden su autonomía.

 

Compañerxs de lucha

Hay algo más que indigna a la protagonista en la insistencia de este hombre por cuestionar su actividad: es un compañero, en términos generales, un progresista. Alguien que debería estar acompañando la lucha, por encima de toda moralina. Sin embargo, señala, le hace las mismas tontas preguntas que cualquier neoliberal básico. Cierta consigna del feminismo dice: nada más parecido a un machista de derecha que uno de izquierda.

A las izquierdas setentistas, esas orgullosas de “haberle visto la cara a Cristo” (Vezzetti, Sobre la violencia revolucionaria), esas viriles y heteronormadas, se les han reclamado muchas cosas, además de la victoria política que tristemente no obtuvieron. Así por ejemplo, Lemebel, en los ‘70 y en Chile, habló por la falta de permeabilidad y lucidez de esas izquierdas para reconocer entre los propios a los homosexuales e instó a dejar filtrar en la utopía la diversidad sexual que no se comprendió como propia, deseable, poderosa:

“¿Van a dejarnos bordar de pájaros
las banderas de la patria libre?

¿No habrá un maricón en alguna esquina

desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?”.

(Pedro Lemebel, Manifiesto, hablo por mi diferencia).

 

En este caso, podemos reorientar esta pregunta a los varones progresistas, pero también a las propias compañeras, siendo que el trabajo sexual es una de las pocas discusiones que dividen al movimiento feminista. Pensando en la necesidad de una lucha transversal, que reconozca en la diversidad todo su poder y tenga como norte la elección libre en todos los planos a través de los cuales una persona se construye y auto-percibe, nos preguntamos: ¿no habrá, en estas esquinas, una puta?

 

Referencias:

AMMAR. Asociación Mujeres Meretrices de la Argentina en Acción por Nuestros Derechos. En: http://www.ammar.org.ar/

Despentes, Virginie. (2006). Teoría King Kong. Disponible en:  https://huerquenweb.files.wordpress.com/2014/06/despentes-teoria-king-kong.pdf   

Lemebel, Pedro. (1996). Loco afán: crónicas de sidario. Santiago de Chile: LOM ediciones. Disponible en: http://ebiblioteca.org/?/ver/20304

Warnot, Olga y Lewin, Miriam. (2014). Putas y guerrilleras. Buenos Aires: Planeta. Disponible en: http://ebiblioteca.org/?/ver/103081

Orellano, Georgina. (2017). “Mi cliente el montonero”. (Publicado en Facebook).

Staunsager, Mai, Tamayo, Diego y Silvestri, Leonor (realizadorxs), en conjunto con AMMAR. (2016). Trabajo sexual en Primera Persona. (Ciclo de entrevistas). Disponible en: https://www.youtube.com/playlist?list=PLrvJ6XhpRd9HD5iM-GincWigPMX3u-4Ip

Vezzetti, Hugo. (2009). Sobre la violencia revolucionaria. Memorias y olvidos. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

 

 



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