DEL STREAP TEASE DEL ESTADO A LA DESNUDEZ DEL MERCADO. BREVES APUNTES SOBRE LA SITUACIÓN ACTUAL DEL CONICET

Matías Cristobo*

DEL STREAP TEASE DEL ESTADO A LA DESNUDEZ DEL MERCADO. BREVES APUNTES SOBRE LA SITUACIÓN ACTUAL DEL CONICET<br> <p class="autor"> Matías Cristobo*</p>

Ilustración: Ramiro Rosende

 

 

I

 

Recientemente ha tenido lugar una serie de discusiones en torno al rol del Estado, relacionada con su presunta transformación de órgano regulador de la vida económica a uno completamente sujeto a los imperativos de las leyes mercantiles. Parece ser que la vida social entera hubiese sufrido una nueva revolución copernicana: el sol o la tierra, el mercado o el Estado, es uno de ellos el que gira exclusivamente alrededor del otro. Pues bien, el obsceno ajuste en el sistema científico tecnológico nacional, impulsado por el macrismo, produjo que el debate sobre la relación entre lo público y lo privado, entre el Estado y el mercado -como dos modos de racionalidad divergentes-, penetrara en el campo científico.

 

Tanto es así que hace pocos meses un conjunto de investigadorxs y becarixs del Centro de Investigaciones y Estudios sobre la Cultura y la Sociedad (CIECS), institución perteneciente al CONICET, publicó un documento exhaustivo en el cual se somete a discusión el plan propuesto por la gestión actual de gobierno para el organismo de ciencia y técnica más importante del país, el llamado Plan Estratégico 2016-2019. Este documento crítico gira en torno a determinados ejes: la diferencia entre la planificación estratégica y la normativa, es decir, entre un tipo de planificación participativa y democrática y otra sumamente verticalista y centralizada; la debilidad en cuanto a sus presupuestos teórico-metodológicos; su adecuación a los criterios del discurso empresarial en lo relativo al modo de estructuración interna y lógica institucional y, por último, a la relación presupuesta entre conocimiento y sociedad.

 

Los dos últimos puntos concentran nuestra atención, porque allí se revela lo aparentemente esencial de la transición de una forma de organización de la vida social a otra: del paradigma del Estado como santo patrono de los intereses generales al del mercado como la primacía de la mezquindad particular. En la crítica desarrollada por el CIECS se sostiene, con razón, que en el plan actual la innovación científica se ve reducida pura y exclusivamente a innovación tecnológica, determinada por las demandas del mercado, excluyendo, por tanto, otros modos de innovación “social” o de “base”. Sustancialmente, lo que se critica es que la lógica empresarial haya atravesado como un rayo al CONICET y el único modo de conocimiento válido sea el conocimiento “útil”, es decir, el que es inmediatamente aplicable, el que se subordina al sector productivo. Pero este análisis crítico parte de una tabula rasa, de lo que no tiene Historia. Y lo que no está sujeto a historización a lo sumo puede aspirar a ser parcialmente verdadero, que, en verdad, por ello, es parcialmente falso. Del mismo modo en que ahora estamos descubriendo cómo funciona el mercado, sería muy estimulante conocer cómo funcionaba antes el Estado. Es indispensable precaver al lector: los planes diseñados durante el kirchnerismo y durante el macrismo “no son lo mismo”, para retomar los términos de una ridícula discusión, pero la obscenidad del nuevo plan no introduce un corte de “naturaleza” con su anterior, sino que desarrolla al extremo los fundamentos que ya estaban contenidos en aquel. Nuevamente: no son lo mismo, pero, si podemos decirlo así, el Plan 2016-2019 es la continuación del Plan 2020 con menos medios.

 

II

 

En la escasísima información que hasta el momento el CONICET ha hecho pública sobre los lineamientos del Plan 2016-2019, destaca una serie de aspectos. En principio, con el laconismo y vocabulario propio de un gerente de empresa, se presentan sucintamente su “Misión, Visión y Valores”, como si el CONICET fuese una agencia de seguros de pueblo, aunque continúe preocupado por “el desarrollo del país y el bienestar de la población” (Plan 2016-2019). Pero ya en el siguiente apartado, titulado “Marco de la Estrategia”, se anuncia el ajuste con un cálido eufemismo: “En función de la revisión del Plan en curso [N. del A.: es decir, del correspondiente a la anterior gestión de gobierno, el Plan 2020], el Consejo está replanteando sus objetivos específicos y estrategias de acción respecto de ejercicios presupuestarios precedentes” (Plan 2016-2019, las cursivas son nuestras). Y, aunque de un modo al mismo tiempo transparente y enigmático, vuelve a aparecer el ajuste en la figura de un término inmortal: modernización, como “reingeniería de procesos” (Plan 2016-2019).

 

Pero lo más determinante (porque el recorte presupuestario no deviene esencial) es la clarificación que tiene lugar en la relación entre lo público y lo privado, tanto en lo concerniente a lxs productorxs del conocimiento como a su producto, porque la “investigación tecnológica” asume el rol protagónico. El establecimiento de “Proyectos Insignia”, en los “Objetivos Estratégicos” del Plan 2016-2019, que definen las prioridades generales de las políticas científicas, constituye una limitación de las investigaciones “libres”. Más claramente: se definen jerárquicamente los temas posibles de ser investigados, y estos temas, al ser priorizados en cuanto a su conversión directa en tecnología, responden inequívocamente a los dictados de la economía. Es conocido el hecho de que casi la totalidad de los recursos humanos altamente calificados se financió con fondos públicos, tal es así que en el Plan 2020 se sostiene:

“Dentro de esta dinámica de inversión, poco más de dos tercios (70%) corresponden al aporte del sector público, ya sea a través del gobierno nacional y los provinciales o de las universidades nacionales, lo que evidencia la dificultad de revertir la baja participación de los fondos privados que caracteriza al sistema argentino de ciencia y tecnología. Si bien ello da cuenta del compromiso público sostenido en apoyo de las actividades de la ciencia y la tecnología, en este rubro el país presenta un desempeño casi inverso al de los países desarrollados e incluso inferior al de otros países de desarrollo intermedio de dentro y de fuera de la región” (Plan 2020, p. 27).

Como forma de llenar este “vacío” entre lo público y lo privado, el Plan 2020 determinó una serie de “Temas Estratégicos” que ya indicaban una incipiente subordinación de las investigaciones a los intereses empresariales. Los mentores del actual plan se tomaron bien en serio lo anterior, y por ello la mitad exacta de las vacantes para lxs aspirantes a ingresar a la Carrera del CONICET del año pasado correspondió a los “Temas Estratégicos”, lo cual implicaba disciplinarse enteramente a las líneas definidas por las deidades del Ministerio de Ciencia y Técnica y del CONICET, en armoniosa conjunción con las aspiraciones de los grandes empresarios. Pero no hay que exagerar: aún se conserva la libertad de adaptar los “Planes de Trabajo” propios a algún Tema Estratégico cercano -siempre y cuando el estudio de la Ética de Spinoza o de la literatura del Siglo de Oro español suponga algún beneficio para la realidad-, hasta desfigurarlo por completo en su reconversión a los cánones del managment.

 

De todos modos, en este punto surge una cuestión relevante que complejiza el análisis, porque en el Documento del Plan 2020 se señala que la interacción entre el sector público y el privado ha sido baja en cuanto a la generación conjunta de innovaciones. Esto es, que las firmas privadas recurrirían al autofinanciamiento o a la reinversión de utilidades propias para generar conocimiento. Pues bien, si advirtiendo este “problema” la gestión anterior de gobierno ya apuntaba a un mayor encadenamiento de la ciencia con el sector productivo, el macrismo pasó en limpio el borrador. El conocimiento científico generado por lxs investigadorxs del sistema nacional debe asimilarse inevitablemente a la lógica mercantil, y lxs que queden fuera del sistema, o investiguen para empresas, o investiguen para empresas por haber quedado fuera del sistema… ¡también!

 

En el mismo tono, se sostiene más abajo:

“Si bien estos resultados en materia de recursos humanos son promisorios, no es menos cierto que aún es necesario realizar importantes esfuerzos en otros sentidos. Uno de ellos es el de corregir la falta de orientación en la asignación de recursos humanos por áreas estratégicas, lo cual sería deseable para acompañar la tendencia hacia una mayor focalización de las políticas de los últimos años. Aquí, al igual que en materia de inversión, el sector público es el ámbito largamente predominante en la radicación de los investigadores: en 2009 casi el 82 % de los investigadores se desempeñaban en organismos públicos (ya sean instituciones gubernamentales de CyT [N. del A.: Ciencia y Técnica] o universidades públicas), en tanto que solamente un 11 % lo hacía en empresas” (Plan 2020, las cursivas son nuestras).

La “(…) falta de orientación en la asignación de recursos humanos por áreas estratégicas (…)”, quiere decir, como ya se señaló y traducido a prosa, limitar las investigaciones “libres” para subordinarlas completamente a las necesidades del mercado. El macrismo -vaya si lo hizo- realizó este deseo: en la convocatoria para los ingresos a la Carrera del Investigador Científico del Conicet del 2017 sólo ingresaron 200 investigadorxs por temas “libres” en todo el país, es decir, que no pudieron o quisieron adaptar sus Planes de Trabajo al férreo formato empresarial. Pero no es este el único deseo previo que concretó el macrismo, porque ya en 2016 se había librado del altísimo porcentaje de investigadorxs radicadxs en el sector público, dejando fuera a casi 500 científicxs del sistema en 2017, entendiendo que debía empujar al tierno literato a la dura arena de la empresa privada.

 

III

 

Del lado no ya de lxs productorxs del conocimiento, sino de su producto, el concepto de “innovación tecnológica” propuesto por el Plan 2016-2019 viene a salvar el cortocircuito entre lo público y lo privado que el Plan 2020 había advertido en su momento. En efecto, en este último se señalaba un desfasaje entre la heterogeneidad creciente del sistema productivo y la homogeneidad de la aplicación de la ciencia a este mismo sistema. Por consiguiente, lo que perseguía el Plan 2020 es la “traducción” (las comillas no las agregamos nosotros) de la ciencia y la tecnología en innovaciones productivas para responder a problemas específicos. La adaptación debe ser total, la subordinación del conocimiento a la cadena de montaje, irrestricta. Los antediluvianos y democráticos redactores del Plan 2020 no quisieron afirmar abiertamente que el viejo modo “desdiferenciado” de la Investigación y el Desarrollo no fuese útil a las empresas ni carezca de valor -es decir, que ya esté a su servicio-, pero reclamaron la “(…) necesidad de políticas más selectivas y diferenciadas, orientadas a la provisión de bienes públicos casi «a medida»” (Plan 2020, p. 33). Es por ello que el “Objetivo General” de su Plan 2020 reza:

“Impulsar la innovación productiva inclusiva y sustentable sobre la base de la expansión, el avance y el aprovechamiento pleno de las capacidades científico-tecnológicas nacionales, incrementando así la competitividad de la economía, mejorando la calidad de vida de la población, en un marco de desarrollo sustentable” (Plan 2020, p. 38, las cursivas son nuestras).

Quien haya resultado indemne, luego de atravesar el tedio de leer las cerca de 150 páginas del Documento, habrá notado que lo “inclusivo” parece ser sólo un mero sufijo que se agrega indistintamente a todo lo que se escribe. Pero no cedamos a la tentación posmoderna de quedarnos fascinados por el lenguaje empleado en ambos planes, que se deslizó desde el amable palabrerío tan caro a las ONG’s (desarrollo sustentable, respeto por el medio ambiente) a la seca y cruda jerga de página web empresarial (misión, visión y valores) y veamos su “Objetivo Particular N° 2”:

“Impulsar la cultura emprendedora y la innovación con miras a generar un nuevo perfil productivo competitivo centrado en la agregación de valor, la generación de empleo de calidad y la incorporación de conocimiento por parte tanto de industrias tradicionales como de nuevas empresas en actividades de alta complejidad tecnológica, focalizando para ello en núcleos socio-productivos de alto impacto económico y social” (Plan 2020, p. 38, las cursivas son nuestras).

Por ello no es de extrañar que inmediatamente después, en el Documento, prosiga el apartado sobre la “Articulación del sistema de Ciencia y Técnica con el sector privado”, en el que se declara abiertamente que el conocimiento científico-tecnológico debe asociarse directamente con el ámbito productivo:

“En la búsqueda de avanzar hacia la complementariedad entre actores públicos y privados, el Ministerio reglamentó en 2009 el artículo 19 de la Ley 25.467; de este modo quedaron establecidas las condiciones por las cuales los organismos e instituciones públicas que componen el SNCTI [N. del A.: Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación] puedan entrar a formar parte del capital de sociedades mercantiles, empresas conjuntas público-privadas o empresas de base tecnológica (EBT), que tengan como objetivo la realización de actividades de investigación científica o desarrollo tecnológico” (Plan 2020, p. 45).

Luego se sostiene, ya sin ningún tapujo, que el sistema científico tecnológico debe “(…) recoger las demandas del sector privado y traducir mejor sus necesidades” (Plan 2020, p. 45). Nos deja perplejos la llamativa perplejidad con la que se señala en el Documento que, en cuanto a la inversión privada en ciencia y tecnología, “(…) el país presenta un desempeño casi inverso al de los países desarrollados e incluso inferior al de otros países de desarrollo intermedio (…)” (Plan 2020, p. 27). Si obtuvieron gratis el conocimiento ¿por qué habrían de pagarlo? Por regla, los capitales del “centro” que invierten en la “periferia” no se muestran muy a gusto con la vocación de servir al desarrollo de los pueblos, sino de girar las ganancias obtenidas a sus países de origen. El Capital saquea, no por cuestiones de perversión moral, sino porque es parte de su propia lógica huir de la Inversión y del Trabajo a los que, sin embargo, necesita para valorizarse. Desde el documento crítico elaborado por el CIECS se sostiene que el diagnóstico del Plan 2016-2019 carece de algo central: el conocimiento. Nada más alejado de esto, el llamado neoliberalismo entiende demasiado bien que el conocimiento válido es el que se vuelca a la esfera productiva, el “conocimiento útil”. Por esto permanece como algo tácito, sin necesidad de ser definido, porque no existe otro.

 

La inversión en ciencia y tecnología fue realizada en gran parte por el sector público, ¿y usufructuada por quién?, cabe preguntarse. En este punto se le reclama piadosamente al sector privado que invierta más, pero aquí acontece algo idéntico a lo que tuvo lugar con las grandes empresas subsidiadas y beneficiadas por el propio Estado: no invierten, la “juntan en pala”, como reconoció la ex mandataria, y fugan sus ganancias al exterior. Más, en el contexto de una economía fuertemente extranjerizada que, en el mejor de los casos sostuvo las proporciones del menemismo y, en el peor, las profundizó, es deber preguntarse seriamente de qué modo la financiación pública de la ciencia y la tecnología sirvió a los propósitos de un “desarrollo industrial nacional” o, por el contrario, subsidió y benefició, aquí también, a los grandes capitales internacionales. No se trata de negar que la “ciencia haya estado al servicio del pueblo”, ni que pueda estarlo, se trata de cuestionarse -en un sistema general en el que lo producido por todxs es apropiado sólo por una parte- de qué modo esto es posible. En otros términos, cómo el conocimiento científico, que al igual que el Trabajo también es el producto de una sociedad en su totalidad, puede ser apropiado socialmente.

 

El Estado de ayer afirmaba que provee los fondos públicos para sostener la investigación y lxs investigadorxs, convocó al sector privado para que los disfruten y, en menor medida, les rogó que se comprometan a invertir. Pues bien, el mercado de hoy (¿cuándo y a dónde se había ido?) está en condiciones de apropiarse de toda esa masa de recursos, de capital invertido y humano. Con la salvedad del pequeño descuido del retorno a lo “público”, que se le olvidó. El leitmotiv del Plan 2020 fue, al menos en los papeles, “innovación productiva con inclusión social”, aunque el paso de lo primero a lo segundo ya comenzara a verse mutilado por la orientación pragmatista del conocimiento, mientras que el Plan 2016-2019 se ahorró esta confusión lingüística, que sigue atormentando a las cabezas progresistas, y se quedó sólo con lo primero: innovación productiva. El problema no es que estemos tratando de desvelar en el Plan 2020 una especie de intención maléfica, agazapada bajo la retórica del “desarrollo” y la “inclusión social”, si no de qué modo estas aspiraciones pueden realmente materializarse en las condiciones actuales de profundización de las desigualdades, mal que nos pese, que no se han detenido. Esto es, ser radicales -no al modo frepasista, si no dirigirse hasta la raíz de la relación entre ciencia y sociedad-.

 

IV

 

Los años de prosperidad económica prepararon el terreno para que la acumulación del conocimiento técnico, desarrollado gracias a los recursos provistos por el Estado, sea capitalizado de modo particular por los grupos concentrados. Lo público al servicio de lo privado. La política cada tantos años comprende muy bien que hay que quitarse la máscara cómica de la “inclusión” para colocarse la que mejor le queda, la trágica de su servilismo al mercado. El mismo saqueo del Trabajo que tenemos ahora frente a nuestros ojos, de ese histórico “valor agregado” que lxs trabajadorxs generan y a punto de ser todavía más confiscado, se replicará indudablemente en el “valor agregado” que corresponde al campo del conocimiento. La forma actual del Estado no sólo milita activamente para privar a la sociedad del esfuerzo de sus brazos, sino también de su cabeza.  

 

La fenomenal recuperación del empleo en los años de recomposición económica, luego del estallido de la crisis del 2001, por mediación del Estado, engordó al Capital que ahora pretende sacudirse de los hombros a los aspectos del Trabajo que lo molestan. Del mismo modo en que actualmente el Estado, aunque no molesten tanto, se desprende de lxs investigadorxs y becarixs que optaron por el humanismo de curioso corte competitivo, egotista y meritocrático, y abraza cálidamente a lxs que le proporcionan aquel “conocimiento útil”. La caricatura de este -más denunciado que demostrado- estrepitoso “cambio de paradigma”, o giro copernicano del Estado al mercado, puede ser simbolizada en la persona del Ministro de Ciencia y Técnica: Lino Barañao. No es un transformista que saltó alegremente de una gestión a otra: este personaje sin atributos y sin formas de adjetivarlo que terminen de hacerle justicia, perdió en el camino sus ropajes “desarrollistas” y ahora exhibe orgulloso, en las pantallas de televisión, la desnudez de su pequeño esqueleto mercantil. Es la metáfora de su continuidad a través de dos modos distintos de gestionar la política lo que arroja luz sobre la propia lógica de desarrollo del problema. Las flores de una época dorada se redujeron a lo que desde un comienzo estuvo ya ahí, contenido en ellas: semillas que comercializan las cerealeras transnacionales.

 

Para decirlo todo, los conflictos actuales en torno al sistema científico tecnológico nacional seguramente no representen un simple “desmantelamiento”, como suele denunciarse desde los frentes opositores, sino más profundamente una reestructuración general de aquel sistema adaptado ya en su totalidad a los imperativos del mercado. Del mismo modo que el desfinanciamiento estatal tampoco consiste en una mera reducción de los recursos destinados a las políticas públicas, más bien tiene que ver con la reorientación del Estado a su función policial y judicial como custodio y garante de los intereses empresarios. Es disonante para el oído que sólo escucha polaridades, pero mientras más el Estado intenta “corregir” al mercado más lo sirve, precisamente porque mejor disimula su desigualdad constitutiva.

 

La ciencia y la tecnología ganaron y perdieron peso, como el ganado, se hincharon y se deshincharon de presupuesto durante las últimas dos gestiones de gobierno. Pero a esta relación centralmente cuantitativa aún resta enfrentarla con su otra: la cualitativa que revela la conexión profunda entre la razón del conocimiento y la sociedad de la que es producto. No estamos lejos de un proceso que tiene lugar en la esfera económica: la “lógica del derrame”. De igual manera en que esta “lógica” no altera los fundamentos de una relación, tampoco el “derrame” del conocimiento a la sociedad transforma la esencia del primero. Se trata, entonces, de un conocimiento que además de ser distribuido más equitativamente -algo que en la situación actual no resulta para nada secundario- sea producido de un modo cualitativamente diferente, de acuerdo con los objetivos de la emancipación social.

 

La reducción actual de la política a cuestiones de gestión técnica y difusión de prejuicios generalizados -ambos modos estrictamente complementarios- todavía reclama, como lo hizo Kant hace más de doscientos años, la función ilustradora y emancipatoria del conocimiento. Y ni siquiera esto parece ya suficiente: no es menor nuestra tarea.

 

Notas al pié.

1∗ Integrante de la Asamblea de Trabajadorxs de Ciencia y Técnica de Córdoba.

Lo “público y lo privado” se entrelaza con el “Estado y el mercado”, pero no posee una equivalencia directa. Nos valemos de estos pares categoriales sólo con fines analíticos.

3 Este corresponde a la gestión de gobierno de Cambiemos, mientras que el elaborado durante el kirchnerismo fue denominado Plan Argentina Innovadora 2020 (en adelante Plan 2020). Ambos están disponibles en Internet.

4 Los Planes de Trabajo consisten en propuestas de investigación a ser evaluadas por las comisiones del CONICET. En estos documentos se definen el tema, los objetivos, la factibilidad y la fundamentación de la propuesta.

Para quien desee continuar encontrando perlas como esta no es necesario ir hasta el fondo del mar, aparecen bien en la superficie: “En este sentido cobra importancia la formación de gerentes y vinculadores tecnológicos que potencien las capacidades de innovación y desarrollo tecnológico, tanto en las empresas como en las instituciones científico-tecnológicas, cámaras empresarias y de desarrollo local. El Programa de Formación de Gerentes y Vinculadores Tecnológicos (GTec) propicia la creación de esta clase de perfiles profesionales” (Plan 2020, p. 45, las cursivas son nuestras). El CONICET, que cree investigar, fue, por el contrario y en varios aspectos, el conejo de indias de lo que en estos días se llama “el proyecto neoliberal”. El trabajo en negro, la flexibilidad laboral, la actividad egoísta, la discriminación etaria para lxs “viejxs” mayores de 35 años, la lógica acumulativa del “paper” -calcada sobre la lógica de valorización de la mercancía-, la autoconcepción impuesta a lxs investigadorxs como gerentes de sí mismos, etc. La institución que sostiene las investigaciones pide a gritos ser investigada, y es una pena que hayamos demorado tanto tiempo.