Macrismo y pornografía, o sobre cómo excitar a la subjetividad neoliberal

Marcelo Córdoba

Macrismo y pornografía, o sobre cómo excitar a la subjetividad neoliberal <br> <p class="autor"> Marcelo Córdoba </p>

Ilustración: Ramiro Rosende

 

 

Al cabo de dos años de gestión, el macrismo ha empeorado todos los indicadores socioeconómicos. ¿Cómo entender, entonces, su eficacia electoral? La explicación no ha de buscarse en la faceta material, sino en la simbólica. En este artículo, Marcelo Córdoba propone una interpretación del fenómeno desde una perspectiva heterodoxa: el porno. El discurso y el programa neoliberal de Cambiemos atraerían a una subjetividad caracterizada por cierta sensibilidad pornográfica, en una época en que este género mediático se ha convertido en la forma cultural dominante. Y para fundamentar esta tesis, desentraña las íntimas conexiones detectables entre pornografía y neoliberalismo.

¿Cómo entender la eficacia de Cambiemos? ¿Cómo explicar que una fuerza política de derecha, al cabo dos años de una gestión pro mercado que ha infligido un notable deterioro en todos los indicadores socioeconómicos, siga ganando elecciones? La cuestión ya había suscitado un estimulante debate político e intelectual con ocasión del resultado de las PASO, que afianzara a la alianza gobernante como primera minoría a nivel nacional. Una de las intervenciones más interesantes de este debate fue la de José Natanson, en su artículo “El macrismo no es un golpe de suerte” (1).

Entre algunos argumentos agudos y otras apreciaciones discutibles, Natanson apunta dos observaciones que me interesa destacar. En primer término, señala que uno de los factores que explican el atractivo del discurso macrista es que a éste subyace una determinada visión de justicia, cuya legitimidad se condensa en la figura del “trabajador meritocrático”. En virtud de la invocación de esta figura, el neoliberalismo de Cambiemos encontraría arraigo normativo –se volvería éticamente encomiable–, distinguiéndose a la vez de la desprestigiada experiencia neoliberal de los noventa. Por otro lado, Natanson nos propone atender al modo en que el macrismo encarna oportunamente ciertas “marcas de época”, entre ellas, la desconfianza hacia las formas y prácticas de los partidos de masas tradicionales, actitud que se refleja ejemplarmente en los efectos individualizantes de la práctica proselitista del “timbreo”.

Creo que estos dos factores –el ascendente simbólico del héroe de la narrativa meritocrática, la modalidad individualizada y doméstica del vínculo entre el dirigente y sus bases que se materializa en el timbreo– son razones relevantes para entender el éxito de Cambiemos. Propongo, con todo, interpretarlas en una clave, si se quiere, heterodoxa. Mi propuesta es leer al sujeto neoliberal y a sus formas predilectas de concebir la política en clave de porno.

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Existe, para empezar, una íntima conexión entre porno y neoliberalismo. Uno de los aspectos desde los que se puede elucidar este vínculo es el histórico. Se trata, en efecto, de dos fenómenos históricamente concomitantes, cuyo punto de inflexión en ambos casos es la década del setenta. Tanto las primeras películas pornográficas, cuanto los textos fundantes del neoliberalismo vieron la luz a principios del siglo XX –aquéllas en la clandestinidad, éstos en la marginalidad del debate público–, pero adquirieron centralidad (accedieron, digamos, a su Edad de Oro) a partir de esa década. Para ponerlo en términos de fechas precisas y acontecimientos decisivos: en 1973 se libra la Guerra de Yom Kippur, ocasión del embargo de la OPEP a los países occidentales, que a su vez provoca la crisis económica que significará el golpe de gracia para el Estado de Bienestar, erigiendo al programa neoliberal como la alternativa capitalista hegemónica al pacto social de posguerra; en 1972 se estrena una de las primeras películas porno comercializadas públicamente en los Estados Unidos, Garganta Profunda (realizada por Gerard Damiano con dinero de la mafia californiana), la cual llega a convertirse en una de las películas más vistas de la historia, suceso comercial que desencadena el boom de la industria pornográfica y su subsecuente legalización en la mayoría de los países occidentales.

Otro aspecto en que la doctrina neoliberal puede verse reflejada en el género pornográfico corresponde a cierta imagen utópica presente en ambos discursos. El neoliberalismo propone en tanto ideal a alcanzar la imagen de una sociedad purgada de conflictos de intereses, libre de enfrentamientos políticos. La sociedad como emergente institucional de los pactos y contratos celebrados entre particulares –igualados teóricamente en cuanto a sus oportunidades de competir–, a imagen y semejanza de un mercado totalmente liberado de cortapisas y distorsiones estatales. Este mundo ideal –abstraído de antagonismos políticos y conflictos entre grupos con intereses contrapuestos– halla su equivalente simbólico en la imagen que la pornografía presenta del sexo. En el universo pornográfico, el sexo aparece desvinculado de las complicaciones que atraviesan a la afectividad y las relaciones sociales; todas las represiones, compromisos y responsabilidades que estructuran las relaciones sexuales en la vida real están casi siempre ausentes. Como señala Brian McNair, “el mundo pornográfico es un mundo ideal en el que la vida se reduce a la mecánica del acto sexual” (2). En tanto que el mundo neoliberal –podríamos parafrasear– es un mundo ideal en el que la vida se reduce a la mecánica de la competencia en igualdad de oportunidades.

La íntima conexión entre neoliberalismo y pornografía también puede discernirse desde un aspecto cultural, que concierne específicamente al tipo de subjetividad que éstos construyen. Según Christian Laval y Pierre Dardot, el neoliberalismo, más que una política económica o una ideología política, es una forma de vida, un régimen de producción y gobierno de la subjetividad definido por la extensión de la lógica competitiva de mercado a todos los ámbitos prácticos de la existencia humana (3). Lo que caracteriza a este régimen es el despliegue de un dispositivo de subjetivación que identifica rendimiento y goce, cuyo principio rector es el del “exceso” y la “superación de uno mismo”.

En términos históricos, el neoliberalismo, a través de tal dispositivo de rendimiento/goce, ha sido capaz de superar las contradicciones culturales que desde la postguerra se manifestaron al seno del modo de producción capitalista. Daniel Bell, específicamente, había señalado el conflicto entre la tendencia ascética que sirvió de matriz del capitalismo industrial y la actitud hedonista alentada por la emergente cultura de consumo. El proceso de subjetivación neoliberal, exigiéndole al sujeto que produzca “cada vez más” y goce “cada vez más”, disuelve ese conflicto en la identificación de ambos imperativos (4).

De este modo, el dispositivo de rendimiento/goce, al tiempo que supera una contradicción inherente al propio desarrollo capitalista, tiene consecuencias estructurales sobre la organización psíquica subjetiva. La “normalidad” ya no es el dominio y la regulación de las pulsiones, sino su estimulación intensiva como fuente energética primordial del proceso productivo. Según Laval y Dardot, el neoliberalismo nos estaría llevando “de una economía psíquica organizada por la represión a una economía organizada por la exhibición del goce” (5).

Ahora bien, es interesante advertir que otros autores atribuyen estos mismos efectos al ascenso de la pornografía al rango de cultura de masas. El porno habría contribuido a superar, en particular, la crisis de los principios ascéticos que habían forjado el espíritu del capitalismo de producción, asediados desde la década del veinte por el ascenso de un capitalismo de consumo. Tal como señala Roman Gubern, “frente a la ética puritana del ahorro, de la contención y de la productividad, la pornografía se alzó como la ética del despilfarro sexual improductivo” (6).

Otra autora que plantea un argumento en este sentido es Beatriz Preciado (7). Con una salvedad. Ninguna descarga sexual puede considerarse “improductiva”, en la medida en que el placer sexual se ha convertido en la fuerza de producción más rentable en el capitalismo contemporáneo. En efecto, según Preciado, la subjetividad capitalista contemporánea (posfordista, neoliberal) se distingue por su carácter “compulsivamente masturbatorio” (8). Y el porno tiene, por cierto, un papel ineludible en este asunto.

Preciado abunda, en particular, sobre el caso de Playboy, publicación pionera del género y agente de una transformación cultural de fondo. En plena Guerra Fría, el revulsivo discurso de esta revista construyó un imaginario capaz de poner en marcha los resortes axiológicos y afectivos que permitieron superar el puritanismo en que se había formado la subjetividad capitalista de la era industrial. El emprendimiento de Hugh Hefner (que además de la revista incluía a los clubes, verdaderos “enclaves de invención de placer y subjetividad”) no sólo prefiguró el ascenso de la pornografía al rango de cultura de masas. Además, fue crucial en la transformación del capitalismo “disciplinario” del siglo XIX en el capitalismo “caliente” de fines del XX y principios del XXI, que ya no buscará penalizar a los cuerpos sino gestionar sus placeres y deseos (9).

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La convergencia y homología entre neoliberalismo y pornografía se discierne pues del modo más palpable en el tipo de subjetividad que ambos fenómenos engendran. El sujeto neoliberal es el sujeto pornográfico, y viceversa. El principio que define al sujeto neoliberal (cualquiera sea la esfera de acción en que lo consideremos: laboral, académica, sentimental, sexual, etc.) consiste en ser un individuo competente y competitivo, cuyo valor subjetivo es una función de la evaluación contable de su performance en la esfera considerada. Su ideal se proyecta en el modelo del emprendedor exitoso, el empresario de sí mismo que ha triunfado en la competencia meritocrática.

La situación de competencia generalizada en que habita el sujeto neoliberal se traduce en la presión a sobrepasar sus propios límites, a maximizar continuamente los parámetros cuantitativos de su performance. Esto lo sitúa en una posición equivalente a la del sujeto pornográfico, cuya proeza sexual, para ser acreditada, ha de mensurarse y registrarse cuantitativamente. Según Gubern, uno de los rasgos que caracterizan al género es la “abstracción” e “irrealidad” de las acciones sexuales que representa; característica reforzada a partir del “énfasis en los atributos anatómicos excepcionales y las performances extravagantes o altamente competitivas, reductibles muchas veces a meras cifras” (10).

La homología entre el héroe meritocrático de la narrativa macrista y el héroe del género pornográfico puede ilustrarse así a través de un ejercicio imaginativo. Imaginemos un universo paralelo lynchiano en el que existe un Esteban Bullrich libertino: entonces veremos a éste aplaudiendo a un John Holmes y su erección de 35 centímetros, ponderando a una Linda Lovelace y su capacidad técnica para inhibir el reflejo de la arcada, encomiando a una Jenna Jameson y sus estelares pechos siliconados, o celebrando a un Rocco Siffredi y su maratónica resistencia sexual, en la medida en que estos individuos han sabido capitalizar tales atributos para erigirse en exitosos “emprendedores del sexo”.

La homología e íntima correspondencia entre subjetividad neoliberal y subjetividad pornográfica nos brinda, en efecto, una fructífera clave de entrada al imaginario macrista. Nos permite interpretar por qué Macri decide proscribir verbalmente del consumo de porno a los jubilados –por definición, sujetos improductivos, excluidos del mercado de trabajo. El episodio no es apenas una (fallida) humorada. La anécdota (que provoca la ostensible incomodidad de los funcionarios que acompañan al Presidente) es además un tácito reconocimiento del proceso de “pornificación” del trabajo consustancial al presente estadio de desarrollo del modo de producción capitalista –el devenir sexo del trabajo contemporáneo, y viceversa, el devenir trabajo del sexo contemporáneo (11).

Si en este capitalismo “pornificado” el capital busca explotar la capacidad inherente a cada cuerpo de sentir placer y de provocarlo en otros, Macri se sitúa imaginariamente en la posición de Gerente de Recursos Humanos para dictaminar el escaso valor relativo de los jubilados. El proceso de envejecimiento –a ojos del CEO pornográfico– naturalmente mengua lo que Preciado denomina la potentia gaudendi de sus cuerpos, su “fuerza orgásmica”, es decir, su potencia (actual o virtual) de excitación (12). Excluidos de la competencia tanto en el mercado laboral cuanto en el mercado sexual, los ancianos habrían dejado de ser sujetos susceptibles de generar “beneficio eyaculante”.

Planteo pues que el macrismo excita a sus electores porque el modelo subjetivo que propone es pornográfico. También entiendo que presenta un rasgo pornográfico lo que Natanson describe como su capacidad para sintonizar con ciertas “marcas de época”, capacidad cuya ilustración ejemplar es la práctica del timbreo. Como es sabido, ésta consiste en la incursión del funcionario público en el ámbito doméstico del “vecino” (instancia individual y personificada del trillado colectivo “gente”) y la consecuente publicitación de este encuentro a través de las redes sociales. Constituye un engranaje central de la estrategia comunicativa de Cambiemos, basada –tal como señala Martín Becerra– en “el contacto segmentado, emocional y pretendidamente posideológico en Facebook, YouTube e Instagram donde despliegan su credo gentista 2.0” (13).

Ahora bien, interpretado en clave pornográfica, el atractivo del timbreo no radica sólo en sus efectos individualizantes y en la posibilidad de capitalizar la desconfianza hacia las prácticas políticas tradicionales, sino sobre todo en una dimensión mucho más visceral. La eficacia comunicativa de esta práctica ha de atribuirse, fundamentalmente, a su potencial para excitar los circuitos libidinales de una subjetividad sistémicamente predispuesta a la autocomplacencia. Frente a la anónima masividad de los actos políticos tradicionales –que promovían una modalidad distanciada y la sublimación del vínculo con el líder–, la modalidad intimista y el contacto directo entre político y votante que promueve el timbreo naturalmente apela a los resortes afectivos de un sujeto definido por su carácter “compulsivamente masturbatorio”.  

El potencial excitante de la práctica del timbreo también obedece a su naturaleza pornográfica. En sentido estricto, la pornografía es la sexualidad transformada en espectáculo; pero en un sentido más amplio, también se la puede entender como un “dispositivo de publicación de lo privado” (14). Cualquier representación es susceptible de adquirir un estatuto pornográfico en la medida en que pone en marcha el devenir-público de aquello que se supone privado. Según Preciado, el rasgo que convirtió a Playboy en paradigma de la pornografía moderna no fueron tanto los desnudos femeninos en sí, sino más bien que éstos eran presentados en contextos domésticos atribuidos al lector de la revista –concebido idealmente como el hombre de clase media, urbanita, soltero y sexualmente liberado. De aquí que el fenómeno Playboy sirva para probar una definición de pornografía como “mecanismo capaz de producción pública de lo privado y espectacularización de la domesticidad” (15).

Por su parte, el timbreo, al espectacularizar el encuentro supuestamente espontáneo entre el candidato en campaña y el vecino en su ámbito doméstico, funciona precisamente como tal mecanismo. Con su exaltación de la transparencia y la visibilidad inmediata del vínculo político, es una práctica literalmente obscena. La política es exaltada como el devenir-público de un encuentro privado, mientras pierde contenido como discusión fundamentada sobre la cosa pública.

El propósito del timbreo, oficialmente, es lograr que el funcionario o candidato “escuche” directamente a los ciudadanos; en sus efectos concretos, con todo, consagra la absoluta insustancialidad de la palabra política. Ya no importan las ideas, la frialdad de la argumentación en el espacio público se percibe árida y destemplada, ante la calidez del encuentro cara a cara publicitado. En tanto dispositivo de publicación de lo privado, el timbreo produce imágenes cuya efectividad no puede atribuirse, por cierto, a su valor de verdad, sino a su valor emocional. En su momento, Baudrillard sentenció: “El porno no enmascara nada en absoluto: no es una ideología, es decir, no esconde la verdad, es un simulacro, es decir, el efecto de verdad que oculta que ésta no existe” (16). La naturaleza pornográfica del timbreo, en fin, es la marca de una época que ha consagrado a la “posverdad” como parámetro de la política.

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Según Virginie Despentes, el problema que plantea la pornografía “reside en el modo en el que golpea el ángulo muerto de la razón. Se dirige directamente al centro de las fantasías, sin pasar por la palabra ni por la reflexión” (17). Primero nos excitamos, después nos preguntamos por qué; la imagen porno no nos deja elección. Preciado afirma, por su parte, que el objetivo de la pornografía es la producción no tanto de placer, sino de “satisfacción frustrante” (18). Es esto precisamente lo que le permite funcionar como una forma de control de subjetividades políticas, por cuanto la gestión del circuito “excitación-frustración” es una de las tareas centrales del dispositivo de rendimiento/goce del régimen neoliberal.

Y a esta luz, en suma, nos es dado elucidar la enigmática eficacia de Cambiemos. Una fuerza política votada por subjetividades emocionalmente excitadas, pero económicamente frustradas por las propias políticas que esa fuerza instrumenta. Se impone pues, a título programático, la imperiosa necesidad de recuperar el poder de la palabra y la reflexión para contrarrestar la fuerza de la política concebida en clave pornográfica.

Notas

(1) José Natanson, “El macrismo no es un golpe de suerte, Página/12, 17/08/2017

(2) Brian McNair, La cultura del striptease. Sexo, medios y liberalización del deseo, Editorial Oceano, p. 72.

(3) Christian Laval y Pierre Dardot, La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal, Editorial Gedisa.

(4) Ibidem, p. 360.

(5) Ibidem, p. 377.

(6) Román Gubern, La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas, Editorial Anagrama, p. 15.

(7) Preciado adoptó el nombre de pila Paul en enero de 2015, completando su transición al género masculino. Por cuanto sus textos que aquí cito son anteriores a este cambio, he decidido emplear su nombre anterior.

(8) Beatriz Preciado, Testo yonqui, Editorial Espasa Calpe.

(9) Beatriz Preciado, Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en “Playboy” durante la guerra fría, Editorial Anagrama, pp. 112-3.

(10) Gubern, La imagen pornográfica, p. 26.

(11) Preciado, Testo yonqui, p. 195.

(12) Ibidem, p. 38.

(13) Martín Becerra, “El zapping de los huérfanos”, Anfibia

(14) Preciado, Testo yonqui, p. 180.

(15) Preciado, Pornotopía, p. 12.

(16) Jean Baudrillard, De la seducción, Editorial Altaya, p. 39.

(17) Virginie Despentes, Teoría King Kong, Editorial Melusina, pp. 76-7.

(18) Preciado, Testo yonqui, p. 207.