La justificación de la represión. La política del espejismo

Mauro Benente* (colaborador)

La justificación de la represión. La política del espejismo  <br> <p class="autor">Mauro Benente* (colaborador)</p>

*Doctor en Derecho por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Docente de Teoría del Estado en la Facultad de Derecho de la UBA y de Filosofía del Derecho en la Universidad Nacional de José C. Paz (UNPAZ). Director del Instituto Interidisciplinario de Estudios Constitucionales de la UNPAZ.

Ilustración: Ramiro Rosende

 

 

En la campaña de 2015, la alianza liberal-conservadora Cambiemos desplegaba un discurso de protección de las libertades individuales y las instituciones republicanas. Este discurso hacía suponer que el gobierno anterior avasallaba libertades y violaba las instituciones, y además mostraba una interesante novedad: el bloque de poder de las derechas, que en América Latina cargaba con una historia de violación de las libertades individuales y de avasallamiento de las instituciones, ahora enunciaba un discurso novedoso. De todas maneras ese fue solamente un discurso de campaña, puesto que rápidamente el nuevo gobierno avasalló las instituciones derogando por decreto de necesidad de urgencia la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y bajando las retenciones a las exportaciones de granos y oleaginosas haciendo uso de legislación que se encontraba derogada. En el mismo sentido, la narración de la protección de libertades individuales desapareció y fue reemplazada por un discurso de orden en vistas de la protección de privilegios. Es así que es muy fácil contrastar los doce años de un gobierno que apelaba a un discurso progresista de ampliación de derechos, con los dos años de un gobierno que no habla en lenguaje de derechos sino que apela a la gramática conservadora del respeto a la ley.

Las políticas conservadoras y los discursos de orden crean y recrean situaciones de marginalidad, vulnerabilidad y desigualdad. De todos modos el gobierno no puede definirse solamente como conservador, sino que presenta una tensa combinación con una retórica y práctica neoliberal. Las políticas neoliberales no necesariamente son conservadoras, sino que en muchos casos son bien transformadoras, y por ello en algunos aspectos la combinación entre conservadurismo y neoliberalismo es más ruidosa que armónica. De todas maneras, luce una nítida sintonía en un aspecto central: la reproducción y creación de desigualdades. Frente a un panorama donde las distintas racionalidades políticas se cruzan en el punto de la creación de desigualdades, es que cabe preguntarse: ¿cómo pueden tolerarse estas políticas? ¿Cómo pueden aceptarse? O incluso, ¿cómo pueden anhelarse, desearse, reclamarse y hasta exigirse esas políticas de desigualdades?

Para responder a estos interrogantes creo que debemos asumir una equivocación al momento de suponer que el símbolo característico de la alianza Cambiemos era el globo. Su símbolo más eficaz y más potente es el espejo. Si nos miramos en un globo la realidad se muestra deformada, pero el espejo refleja una realidad punto por punto invertida.

El punto que anuda el programa neoliberal del gobierno con sus lógicas más conservadoras reproduce y profundiza la desigualdad, pero con una estrategia de presentar como punto de partida una realidad espejada: mostrando al dominado como dominante y, a partir de ello, luciendo sus políticas como igualadoras. Si nos preguntamos cómo se puede tolerar y hasta anhelar una política de desigualdades, el espejo nos ofrece una buena respuesta: nos invierte una realidad, sitúa a los vulnerados en posición de dominación, y con esa imagen especular lucen como igualadoras las políticas que profundizan las desigualdades.

En las narraciones oficialistas que rodearon al caso de Santiago Maldonado, los mapuches no eran los vulnerables sino los dominantes, los que accionaban con un acto típico de dominación: la usurpación. En este juego de espejos, la represión de gendarmería no era una nueva vulneración al pueblo mapuche, sino más bien un acto de resistencia frente a la opresión.

Tras el asesinato de Rafael Nahuel, tanto en el comunicado cuanto en la conferencia de prensa del vergonzoso Ministerio de Seguridad, el espejismo aparece nuevamente. El pueblo mapuche se pinta con dos nítidos símbolos de la dominación: la usurpación y la guerra. Con esta imagen, el accionar de las fuerzas represivas se muestra otra vez como un acto de liberación. Una política de liberación que entonces ya no solamente debe ser tolerada, sino incluso demandada por un “pueblo que quiere vivir en paz” al decir de la Ministra Patricia Bullrich.

Jorge Luis Borges dedicó varios poemas y cuentos a los espejos. Uno de ellos es “Los espejos velados” incluido en El Hacedor, de 1960. Allí, Borges narraba la historia de una mujer que había cubierto los espejos de su dormitorio porque el reflejo de otro usurpaba el suyo. Ante el temor de la usurpación, la mujer había decidido envolver los espejos. Temores similares son los que creo que sobrevuelan nuestra situación respecto de las políticas de espejismos desplegadas por el actual gobierno. Quizás no lleguemos a cubrir los espejos a tiempo, y sus reflejos neoliberales terminen usurpando los nuestros.