LA BELLEZA DEL ARTE NO ESTÁ EN LOS OJOS DEL QUE VE (SINO EN LA MIRADA DEL ESPECTADOR)*

Marcelo Córdoba

LA BELLEZA DEL ARTE NO ESTÁ EN LOS OJOS DEL QUE VE (SINO EN LA MIRADA DEL ESPECTADOR)* <br> <p class="autor"> Marcelo Córdoba </p>

*Comentario sobre el registro fotográfico de Ramiro Rosende Lorenzatti.

El 28 de diciembre pasado se llevó a cabo, en The Church Bar, una muestra de obras de los artistas Alejandro Niz y Victoria Lemme, a beneficio del Hospital de Niños de Córdoba. En este contexto se exhibió una serie de pinturas y esculturas, dos de las cuales fueron puestas a la venta, con el objetivo de donar lo recaudado a dicha institución.

Más allá de este propósito solidario, la premisa de la muestra consistió en articular el arte plástico con la intervención de artistas procedentes de otras disciplinas. Se conformó así una propuesta multidisciplinaria e intersensorial, a través de los aportes específicos del tatuador Luis Alberto, la DJ Lau Cuello y de nuestro fotógrafo linternauta, Ramiro Rosende Lorenzatti. Linterna presenta aquí este registro fotográfico, cuya composición obedece a una particular decisión estética en la que vale la pena detenerse a reflexionar.

Puesto a registrar el proceso de la muestra, Ramiro se ha abstenido de fotografiar las obras. En su lugar, decidió retratar la multiplicidad de miradas del público asistente. La decisión, desde luego, no es gratuita; está conceptualmente motivada.

La mirada, por cierto, es constitutiva de la experiencia del arte plástico en su totalidad. En todo cuadro o escultura se plasma una perspectiva singular sobre el mundo, una mirada determinada que, más que contemplar, muestra cierta aprehensión del espacio. Es la mirada del artista en tanto instancia productiva de la materialidad de la obra.

Ahora bien, ésta sólo se consuma, en tanto hecho estético, una vez que resulta captada por la mirada del espectador. El sentido de este hecho estético –la obra como proceso comunicativo– no se reduce a la singularidad de la mirada productiva, sino que se expande ilimitadamente en función de la multiplicidad heterogénea de las miradas receptivas.

El juego y la dinámica de las miradas es constitutivo de la experiencia del arte plástico, pero también de la experiencia humana sin más. Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha sentido la necesidad de someterse a la visión de un Ser Supremo. Los antiguos egipcios consagraron esta disposición a través del culto de Horus, dios de la luz, cuyo ojo era representado como un objeto de adoración. Y la iconografía del ojo de dios se replica incluso en nuestros días, precisamente en ese objeto que nuestra civilización contempla con la mayor ansia, el billete de dólar estadounidense –es decir, como en la antigüedad, nuestro presente capitalista nos sigue exponiendo a la mirada de su Ser Supremo.

La cuestión también ha sido abordada por la filosofía. Para Sartre, la mirada es la forma originaria de la presencia del sujeto humano en el mundo; esta presencia, en efecto, no puede tener sentido sino como “ser-mirado” o como “ser-que-mira”. Es la experiencia de la mirada la que instaura, a la vez, al otro como prójimo y al propio yo en tanto es consciente de sí mismo. Lacan, por su parte, profundizó esta función subjetivante, conceptualizando la mirada como aquello que falta en (y, por ello mismo, es la causa de) la visión; el elemento inaccesible de toda imagen, el objeto faltante constitutivo del deseo en el campo escópico del sujeto.

A esta luz, el tema de este registro fotográfico –la multiplicidad de miradas del público de la muestra– se destaca por su carácter elusivo. Ramiro encara el problema diseñando un dispositivo gráfico paradójico. En una inversión fetichista del motivo ocularcentrista, nos muestra el detalle fotográfico de los ojos de cada uno de los asistentes, ordenados geométricamente en una especie de plano cartesiano.

De este modo, la intención de subsumir en un orden artificial de abscisas y ordenadas a la pluralidad de puntos de vista subjetivos, pone en evidencia la tensión entre el sujeto cartesiano de la visión y el campo intersubjetivo de la mirada. El sujeto cartesiano de la visión, fundamento de la empresa científica de construcción del mundo como imagen y como campo de lo cognoscible, es el correlato del sujeto puntiforme de la perspectiva, desde el que se organiza la representación pictórica. Pero este sujeto de visión puntiforme –el sujeto de la ciencia– se ve obligado a ignorar que, en el plano fenomenológico de la existencia, en realidad es mirado desde todas partes, y que es una mirada que lo precede la que lo constituye como sujeto.

Una puesta en tensión análoga sucede en virtud de la decisión de representar la mirada a través del detalle de los ojos. Los ojos, por cierto, no son la mirada, son apenas la manifestación física de la misma. Cuando Ramiro decide fotografiarlos en primerísimo primer plano, disponiendo la heterogeneidad resultante en una regularidad geométrica, no hace sino evidenciar la exterioridad y separación entre los unos y la otra. Es lo que Lacan denominó la “esquizia” del ojo (como órgano de la percepción visual) y la mirada (como objeto faltante causa del deseo en el campo escópico). Lo que nos mira nunca son los ojos, sino la presencia del otro imaginada.

Escapando a los parámetros previsibles para el registro fotográfico de una muestra artística –enfocados ora en las obras exhibidas, ora en las actitudes generales del público asistente–, la cámara de Ramiro particulariza un rasgo determinado de la fisonomía de los espectadores. La multiplicación regular de este rasgo particular, a su vez, tiene el efecto paradójico de resaltar su valor individualizante. El resultado es el sugerido. Lo que hace posible y motiva la visión de una imagen –sea la de un artista plástico, sea la del fotógrafo–, no son los ojos, sino aquello que en la imagen falta y resulta inaccesible, la mirada del espectador.